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El Gato Viejo
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El Gato Viejo

Escrita el 27/08/2010

Luis Lahitte visitó el atelier restaurante de Carlos Regazzoni.¡Conocé más! 

Pensé que había visto casi todo lo que hay en este Buenos Aires gastronómico. Pero me equivoqué. Me faltaba conocer El Gato Viejo, el atelier-restaurant de Carlos Regazzoni, ubicado en los galpones ferroviarios de Retiro. Me tocó visitarlo durante la noche más fría del año; bajé caminando por Suipacha, crucé Libertador y me aventuré por una diagonal adoquinada, poblada de charcos de agua gélida y de enormes esculturas hechas con chatarra ferroviaria, que como cancerberos a la vera del camino, flanquean el ingreso al atelier del escultor.

 

Para anunciarme tuve que tocar una campana. Uno de los asistentes abrió la puerta y me hizo ingresar a un enorme galpón, donde Carlos se encontraba hablando con otro medio. Al rato se acercó, saludó cordialmente y me ofreció una copa de vino. Su aspecto es por demás curioso: parece una mezcla de druida y picapedrero, una especie de Danton de la escultura. Es sumamente expansivo, frontal e incluso puede ser áspero, lujo que sólo se pueden dar reyes y artistas. Carlos tiene una importante trayectoria internacional: vivió durante quince años en Paris, donde su trabajo es muy reconocido. Allí cultivó amistades de la talla de Brigitte Bardot, Isabelle Hupert y Alain Delon. Actualmente desarrolla su actividad entre hierros, vigas y soldadores en su atelier de Retiro.

 

Entre copa y copa confesó que otra de sus pasiones es la cocina. Eso lo motivó a armar un restaurant dentro del galpón, donde jueves, viernes y sábados por la noche recibe a los comensales que llegan por recomendación, casi siempre con reserva previa. Carlos se define como "un conocedor de la cocina ferroviaria, de los sabores brutos, de calderos de hierro, leña y carbón". Luego de un sorbo de vino completó su idea: "he compartido la comida con ferroviarios en los páramos patagónicos, a la vera de las vías, donde cocinábamos sobre las zorras con los elementos que disponíamos, con cordero y hierbas de la zona. Amasábamos ravioles caseros, hechos por hombres toscos, con manos como piedras pero con una extraordinaria intuición para la cocina. Esa gente, sin saberlo, hace culto de la "buena mesa".

 

Regazzoni sigue esa premisa en sus preparaciones. Tiene dos asistentes entre los que se encuentra su hija Bárbara, que lo ayuda con el restaurant. "Acá no vas a encontrar Nouvelle Cuisine, pero sí vas a probar sabores genuinos". En consonancia con su declaración, el galpón parecía una fragua: dos enormes salamandras luchaban por mantener a raya el frío polar mientras una cocina económica alimentada a leña escupía lenguas de fuego.

 

En esta ocasión cocinaron una paella de mariscos y una bandeja de empanadas. También había unas cintas caseras acompañadas de un ragú de rabo de buey. Suelen preparar pizza ("culera", porque según Regazzoni, la chica que la amasa la aplasta con el culo), mejillones a la provenzal, pan casero y también calamaretis a la sartén. Tampoco falta una buena picada. En esta ocasión descorchamos unas buenas botellas de Atilio Avena Roble, un tinto rico y noble que ayudó a levantar la sensación térmica.

 

La gente come distribuida en diferentes mesas; espacio no falta. Comer en ese enorme y extravagante galpón que parece salido de la imaginación de Tim Burton, poblado de chatarra y esculturas de metal, es una experiencia única. No recomiendo ir sólo por la cocina. Es, por decirlo de alguna forma, una experiencia "holística".

 

En "El Gato Viejo" nada corre por los carriles ordinarios. Hacia la medianoche se llevó a cabo una performance lírica a cargo de un "castrato" (sí, un castrato auténtico), llamado Hernán Torres Castaño, que deleitó a la concurrencia con una serie de arias. Sin embargo, todos miraban fascinados al anfitrión, el plato fuerte de la noche. El público también era heterogéneo, compuesto de gente de productoras de cine, una mesa de "chicos bien", un francés aristocrático con su nieta, algún que otro inglés trasnochado y un periodista gastronómico (un servidor) aterido y sorprendido.

 

Regazzoni, empuñando un vaso de grapa, sacudía las manos al compás de "Nessun Dorma". Luego se sentó frente a un reluciente caballo rampante de su autoría (según me contó un asistente es un encargo personal de Aníbal Fernández) y me dijo: "ya ves, acá preparo lo que tengo ganas. A veces carneo alguno de mis animales". Efectivamente, en otro galpón tiene una especie de granja donde deambulan pollos, gansos, patos y demás animales. La gente de la Villa 31, vecina de Carlos, no lo molesta porque según dice, en la villa hay códigos (dicho sea de paso, soy vecino y me consta que el lugar es seguro).

 

Cómo cerrar este post sino con una síntesis de la profunda impresión que me causó Carlos: histriónico, talentoso, hospitalario y hercúleo, un "Mefistófeles ferroso y vital". Sin duda, algo distinto en la cocina y en la cultura porteña: Pantagruel y Rodin, las dos caras de una misma moneda.

 

Abre sólo jueves, viernes y sábados por la noche. El costo por persona oscila entre $50- y $120.-, según lo que se coma y beba. También tiene un bar. Hay que reservar previamente al 4315 3663. Leer más.

 

 

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